La moneda de la vida

A lo largo de nuestra vida hemos tenido momentos en los que nos sentimos sin ganas, tristes, enfadados o incluso que no sabemos qué hacer y nos bloqueamos. Y eso es, perfectamente normal y aceptable. La vida no es un concurso de positivismo, nadie gana un premio por ver siempre el lado bueno de las cosas. A mi modo de ver, gana el que sabe que puede tener un día malo y vivirlo, enfrentarse a él y, al día siguiente, ponerle un 150% de ganas para que sea un poquito mejor. 

La mayor parte de la gente, sobre todo desde que estudié psicología, me suele decir la típica frase de “eres psicóloga deberías saber cómo estar bien”. Y ahí es cuando pienso que la gente cree que los profesionales que nos dedicamos a estudiar emociones, sentimientos y conductas, somos robots. Robots que apagan sus propios sentimientos y emociones cuando quieren y que siempre tienen que estar felices y no mostrar su malestar ante nada ni nadie. 

Me llena de satisfacción decir que no, que no somos robots, somos personas humanas, que reímos si estamos felices, que lloramos si estamos tristes y que nos desquiciamos cuando algo no nos sale cómo nos gustaría. Tenemos sentimientos y emociones que nos desbordan y que, más que los comentarios sobre la carrera que hemos estudios, necesitamos un punto de vista externo al nuestro.

Aquí entra otro tema importante: ¿cómo expresar esa opinión? Si una persona te cuenta algo que le preocupa, que le abruma, que le hace estar mal; no es necesario ir “a machete” y  añadirle más leña al fuego. Simplemente hay que escuchar y, si se quiere dar una opinión o comentar algo sobre lo que se está hablando, decirlo con asertividad y con empatía.

Y, ¿qué es esto de la asertividad y empatía? Seguro que mucho lo habéis oído, pero la empatía es, en resumen, la capacidad de ponerte en el lugar de la otra persona, de intuir cómo se puede estar sintiendo y de actuar acorde a ello. Por otro lado, la asertividad es una habilidad social básica que nos permite relacionarnos con los demás desde el respeto a uno mismo y a los demás.

Teniendo estos dos factores en cuenta, cuando alguien nos pide algún consejo, lo ideal sería ponernos en su lugar y expresarnos de forma no impositiva y sin comentarios mordaces. No es necesario acabar hablando de otro problema ajeno al inicial. Como he dicho, simplemente escuchar y aportar un punto de vista distinto, pero teniendo en cuenta, los sentimientos ajenos y no tanto los propios.

Esto no significa mentir o ir en contra de los pensamientos y sentimientos de uno mismo, se trata, simplemente, de decirlo de forma humana y asertiva, expresando nuestras ideas y pensamientos sin hacer daño.

¿Por qué todo esto? Porque parece que está estigmatizado el estar mal, parece que no puedes tener un día malo y estar triste, o estar agobiado por cosas del trabajo y manifestarlo; o simplemente bloquearte y no saber seguir. Y todas estas cosas negativas, están bien, son normales y son humanas. 

Siempre he dicho que no hay emociones negativas, sino que el no saber manejarlas es lo que las convierte en malas. No hay que tener miedo a manifestar enfado, tristeza, rabia… lo malo es guardar todo para uno mismo y no hacerle frente a ello. Hay que vivir ese “mal momento”, hay que hacerle frente ¿Cómo? Tomándote tu tiempo, es decir, pensando por qué se está así y qué cosas están en nuestra mano que se puedan cambiar para hacerlo mejorar. Algunas de esas cosas, se podrán solucionar de forma rápida y otras no, y no pasa nada. Las que no se puedan arreglar por el momento, se dejan a un lado y, si posteriormente se pueden solucionar, se trabajará con ellas y, si no, hay que aceptar que no tienen solución.

Esta última parte, quizá es la más difícil, porque suena muy fácil, pero aceptar algo negativo es lo complicado. La vida está llena de baches y de piedras, de personas que dejamos atrás, de deseos que no cumplimos; pero ella sigue y nosotros tenemos que avanzar con ella. Aceptando lo malo, cayéndonos por el camino, pero levantándonos siendo aún más fuertes. Eso es la vida, vivir lo bueno que nos da, pero también aprender que hay cosas que nos harán caer, pero que plantándoles cara y aceptándolas y, viviéndolas, seguiremos avanzando y lo haremos completos, como si estuviéramos formados por las dos caras de una moneda.

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